Sí, lo admito, no valgo para cumplir promesas. La incumplí de nuevo
anoche. Lo recuerdo como si estuviésemos en ese preciso instante, cortesía de
mi hipocampo, démosle gracias y después partámosle la cara. Tiene la condenada
costumbre de recordar con todo lujo de detalles todo aquello que yo preferiría
olvidar.
Pero así es como me sentía anoche.
No voy a cerrar la maldita
ventana, aunque el hilo de aire helado que penetra por ella me está helando
la sangre. Y es que no creo que haciéndolo el frío vaya a disminuir en mis
arterias.
Cojo una hoja en blanco… en ella
derramaré el veneno en forma de tinta.
Puede que al fin esta hoja sea la
clave para mi libertad. Y si no, siempre queda el trinitrotolueno junto a mi
silla. Quizá acabase antes volándolo todo por los aires. Quizá.
Los pensamientos me arrinconaron
y tuve que escoger, mientras la sangre se tornaba negra al mezclarse con el
veneno de tu sable, sí, ese sable que casi me ensarta en la pared.
Maldita sea, vuelvo a hacerlo. Vuelvo
a derramarte en el papel, tristeza.
Había dicho que nunca más lo
haría… Pero no debería decir cosas que no puedo cumplir.
No puedo hacerlo con estas marcas en mi cara… me recuerdan demasiado que tú dejaste las contusiones.
No puedo hacerlo con estas marcas en mi cara… me recuerdan demasiado que tú dejaste las contusiones.
En mi memoria se mantienen los
golpes recibidos. Un golpe psicológico puede doler más que muchos físicos.
Que le den a todo, el precio para
ser feliz es demasiado alto. Yo me bajo de este loco carrusel. Seré un caso
extraño, un bicho raro, porque nadie suele atreverse a hacerlo…
Pero no nos engañemos: soy un
bicho raro desde hace tiempo.
Otra maldita noche cualquiera,
con la misma historia de siempre.
Envenenemos a este triste
cerebro.
Veneno para no pensar, veneno
para olvidar.
Intoxicación para sobrevivir en
una noche cualquiera.
Estas calles han sido la mejor
escuela. El desconsuelo, uno de mis mejores maestros.
Me enseñaron que mirar al suelo solo
haría que os aprovechaseis aún más de mí. Vuestra crueldad, vuestra mala fe,
esas cosas que aunque duelan hay que aprender.
Sé que daría todo lo que tengo
porque cambiase. Quiero que sea distinto. Pero la realidad es otra, y sé que
las cosas no funcionan así… No creo que logre hacer nada. No obstante, siempre
me quedará la rabia, nunca me quitarán las ganas.
Ojalá lo normal fuese lo que yo
pienso y no lo que veo en vosotros, seres repugnantes.
Maldigo esa normalidad que
implica no ver las heridas de los corazones a los que apaleas. Maldigo a toda
la gente en la que la he visto y la veo cada día. Una de ellas eres tú, pero
eso no te hace especial, solamente una furcia más.
Odio a la gente que es así…
Espero no convertirme en eso
nunca.
Las patadas se las tendrían que
llevar ellos en la boca, y no los pobres corazones sangrantes de los heridos en
la batalla de la vida.
El dolor escuece, pero me recuerda
que soy humano.
El miedo paraliza, por eso lo
perdí hace ya tiempo. No le tengo miedo a casi nada… Sólo a convertirme en
ellos. Miedo a que las heridas ajenas no duelan en mi alma.
Manchas negras de la sangre, de
la tinta, de la nada.
Las manchas en el suelo no son
agradables de ver,
ni de recoger,
ni de esconder…
Debo evitarlas.
Ojalá supiese cómo.
ni de recoger,
ni de esconder…
Debo evitarlas.
Ojalá supiese cómo.
Me quedaré así, envenenando al
cerebro, odiándote, huyendo una vez más.
Ilegibles líneas en el papel,
tinta emborronada, lágrimas marchitas.
Desgarro.
Frustración.
Haga lo que haga, sólo consigo
esta salida, y en el fondo sé que no es una salida siquiera.
Mi veneno.
Pero las manchas continuarán aquí…
a no ser que haga algo para evitarlo.

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