viernes, 17 de enero de 2014

Noche cualquiera.

Sí, lo admito, no valgo para cumplir promesas. La incumplí de nuevo anoche. Lo recuerdo como si estuviésemos en ese preciso instante, cortesía de mi hipocampo, démosle gracias y después partámosle la cara. Tiene la condenada costumbre de recordar con todo lujo de detalles todo aquello que yo preferiría olvidar.
Pero así es como me sentía anoche.

No voy a cerrar la maldita ventana, aunque el hilo de aire helado que penetra por ella me está helando la sangre. Y es que no creo que haciéndolo el frío vaya a disminuir en mis arterias.
Cojo una hoja en blanco… en ella derramaré el veneno en forma de tinta.
Puede que al fin esta hoja sea la clave para mi libertad. Y si no, siempre queda el trinitrotolueno junto a mi silla. Quizá acabase antes volándolo todo por los aires. Quizá.
Los pensamientos me arrinconaron y tuve que escoger, mientras la sangre se tornaba negra al mezclarse con el veneno de tu sable, sí, ese sable que casi me ensarta en la pared.

Maldita sea, vuelvo a hacerlo. Vuelvo a derramarte en el papel, tristeza.
Había dicho que nunca más lo haría… Pero no debería decir cosas que no puedo cumplir.
No puedo hacerlo con estas marcas en mi cara… me recuerdan demasiado que tú dejaste las contusiones.
En mi memoria se mantienen los golpes recibidos. Un golpe psicológico puede doler más que muchos físicos.
Que le den a todo, el precio para ser feliz es demasiado alto. Yo me bajo de este loco carrusel. Seré un caso extraño, un bicho raro, porque nadie suele atreverse a hacerlo…
Pero no nos engañemos: soy un bicho raro desde hace tiempo.

Otra maldita noche cualquiera, con la misma historia de siempre.
Envenenemos a este triste cerebro.
Veneno para no pensar, veneno para olvidar.
Intoxicación para sobrevivir en una noche cualquiera.

Estas calles han sido la mejor escuela. El desconsuelo, uno de mis mejores maestros.
Me enseñaron que mirar al suelo solo haría que os aprovechaseis aún más de mí. Vuestra crueldad, vuestra mala fe, esas cosas que aunque duelan hay que aprender.
Sé que daría todo lo que tengo porque cambiase. Quiero que sea distinto. Pero la realidad es otra, y sé que las cosas no funcionan así… No creo que logre hacer nada. No obstante, siempre me quedará la rabia, nunca me quitarán las ganas.
Ojalá lo normal fuese lo que yo pienso y no lo que veo en vosotros, seres repugnantes.

Maldigo esa normalidad que implica no ver las heridas de los corazones a los que apaleas. Maldigo a toda la gente en la que la he visto y la veo cada día. Una de ellas eres tú, pero eso no te hace especial, solamente una furcia más.
Odio a la gente que es así…
Espero no convertirme en eso nunca.
Las patadas se las tendrían que llevar ellos en la boca, y no los pobres corazones sangrantes de los heridos en la batalla de la vida.
El dolor escuece, pero me recuerda que soy humano.
El miedo paraliza, por eso lo perdí hace ya tiempo. No le tengo miedo a casi nada… Sólo a convertirme en ellos. Miedo a que las heridas ajenas no duelan en mi alma.

Manchas negras de la sangre, de la tinta, de la nada.
Las manchas en el suelo no son agradables de ver,
ni de recoger,
ni de esconder…
Debo evitarlas.
Ojalá supiese cómo.
Me quedaré así, envenenando al cerebro, odiándote, huyendo una vez más.

Ilegibles líneas en el papel, tinta emborronada, lágrimas marchitas.
Desgarro.
Frustración.
Haga lo que haga, sólo consigo esta salida, y en el fondo sé que no es una salida siquiera.
Mi veneno.


Pero las manchas continuarán aquí… a no ser que haga algo para evitarlo.







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