“Y el mundo ardió, y tan sólo quedaron cenizas”.
Hay tantas tradiciones que no comprendo de este país. Pero esta no es una de ellas. Y es que, una noche al año, nos damos el privilegio de que el fuego purifique nuestras almas atormentadas.
Dejamos salir la furia y la rabia acumuladas durante el año, que hemos ido proyectando en la forma artística que posteriormente miran maravillados numerosos turistas. Sin comprender lo que significan. Sólo porque son bonitas. Intentamos facilitarles la comprensión, hacerles entender lo que significan. Pero ante unos ojos que no quieren ver, poco podemos hacer.
Le damos forma física a nuestros odios, a nuestros temores, a nuestros sentimientos… y los reducimos a cenizas.
También los hay que se limitan a plasmar belleza, sí. Esa gente que se empeña en aislar los problemas y mirar a otro lado, distrayéndose tratando de ignorar que dichos problemas son tan suyos como de todos los demás.
Pero es igual.
Una noche, tan sólo una noche, año tras año… todo arde.
Arden los vivos, arden los muertos.
Arden los santos, arden los impuros.
Arden sin importar su sexo, su condición, sus méritos, su credo.
No importa lo que seas. Arderás igual.
El carbono que nos hace a todos iguales, qué bien arde.
Y sonrío mientras veo cómo nuestros engendros se consumen. Sonrío, feliz de liberarme, hasta que recuerdo. Campeona olímpica apretando los dientes.
Recuerdo que esto no es más que una farsa, y mi sonrisa es sustituida por una creciente ira. Todo esto no es más que una forma de calmar nuestra rabia para que no nos lleve consigo. El mundo seguirá aquí al despuntar el alba… y seguirá siendo el mismo. Nada habrá cambiado. Seguiremos estando al pie del cañón, luchando contra los tanques con poco más que unos palos y coraje.
Eso sí, quemar cosas nunca viene mal. Nos recuerda un poco lo que hay en nuestro interior. Algo que no debemos olvidar.
La sangre de Kagutsuchi corre por mis venas, y pugna por manifestarse.
Acaricio las ígneas alas deseosas de echar a volar.
“Algún día, pequeño. Algún día”.
