Regreso a mis orígenes, como no podría ser de otra manera. Los demonios nunca desaparecieron del todo, sólo me dieron una tregua para recuperar sus fuerzas antes de atacar de nuevo. Esta vez quieren acabar conmigo definitivamente, y creo que van a lograrlo.
Su esencia viscosa se expande por mi cerebro. Sé que es cosa suya que a veces me retuerza de un dolor que no es físico o que comience a derramar lágrimas rojas y grises, de sangre y de pena. Siguen hablando, a veces a susurros, a veces a gritos, para decirme todo aquello que ya me decían, quizá con más rudeza, con más desprecio, aunque esa diferencia no es que me afecte. No es como si alguien me apreciase fuera de mi cabeza, qué importa que tampoco se me aprecie dentro de ella. No es eso lo que hace que siga maldiciéndome y castigándome, no. El motivo es otro, bastante más grave.
Y es que jamás podré perdonarme el haber sido tan necia como para creer que podría ser feliz, que existiría para mí una vida maravillosa sin los demonios de dentro de mi cabeza.
He caído otras veces desde que me recuperé del incidente, pero nunca había sufrido una recaída tan grave como esta. Tal vez un día de estos decida que he tenido suficiente y esta nota se convierta en mi esquela. ¿O acaso tú me salvarás?
Olvida la pregunta, ambos sabemos la respuesta.
En esta selva nadie protege a nadie, y cuando dejas de ser tu escudo te conviertes en la presa más fácil. Supongo que, aunque mis órganos sigan vivos, mi alma hace tiempo que está muerta.
