El crepúsculo ya dio paso a una
noche cerrada.
Ella, como siempre,
sin rumbo fijo
entre los transeúntes que iban a
la ciudad a desinhibirse,
a satisfacer
los deseos oscuros que su alma
entierra en lo más profundo durante el día.
Estúpidos mortales, reprimidos
por una moralidad vacua y superflua.
“Oh, cuánto placer me produciría matarlos a todos” se dice, mientras
sonríe al grupito de chicos jóvenes y ebrios. Sabe que la ven como un trozo de
carne.
“Pero también me produce bastante placer el jugar con vosotros, objetos
vivientes”.
Las artificiales y horteras luces
de los pubs y discotecas hacen el intento de atraer su atención. No sabe por
qué lo siguen intentando. La que decide si entra o no es su perversa
curiosidad.
Poco a poco se introduce en la
semiinconsciencia de los que la rodean.
Siente su calor
el sudor de sus cuellos,
el etanol vaporizándose en sus
labios.
Pulsiones,
sangre,
deseo,
baile.
Entra en un local sin fijarse en
su exterior siquiera. La noche ha despertado instintos dormidos en ella.
El lugar está hasta los topes de
seres “humanos” variopintos,
hombres y mujeres,
diferentes edades,
diferentes niveles de atractivo.
Es consciente de que su presencia
pasa desapercibida.
Es lo mejor mientras elige a su
víctima.
Las pupilas enfocan lo que
buscan, lo han encontrado en los ojos de un chico. Parece joven. Pero claro,
ella también lo es.
Oh, una idea condicionada más a
la lista.
Así como si la edad hubiese sido realmente
importante en algún momento de nuestras vidas.
El muchacho se ha percatado de su
presencia. Sonrísa pícara en su rostro.
Primarios instintos emanando de
sus verdes ojos.
Ella sonríe.
“Hay cosas que son tan fáciles…ojalá todo en la vida fuese tan simple”.
Se va acercando a él, esquivando
a la gente como un gato lo haría: sin perder su elegancia natural.
“O quizá la vida es simple y nosotros, estúpidos como siempre, nos
empeñamos en volverla complicada”.
Explosión de sensaciones.
Labios unidos,
lenguas ávidas de saliva,
de carne,
de sudor,
de sexo.
Las manos que recorren veloces el
cuerpo ajeno,
como si no hubiera otra cosa en
el mundo que importase…
y es que, de hecho, en ese
momento no la hay.
Ella le clava las uñas en la
espalda sobre su camisa y se lo lleva del local, a lo que él no opone
resistencia.
No avisa a sus amigos,
ella no sabe si los tiene
siquiera.
Y tampoco le importa.
Hay que saber priorizar las
cosas.
Lo más cercano, lo mejor. Porque
por mucho que lo repitan como cacatúas, es un sinsentido que lo bueno deba
hacerse de esperar.
Hay un parquecillo cercano, algo
apartado, solitario.
Es perfecto.
Ella lo tira al suelo,
suelo sobre el que de día los
niños juegan.
Sonríe lascivamente.
Es un lugar apropiado.
Puede que no sea tan niña, pero
ahora es la que juega.
Jugando.
Desnudándolo con las manos y los
dientes.
Dejando un cuerpo sudoroso y
excitado desnudo a la luz de las estrellas.
Se saca el vestido y se coloca
sobre él,
deslizando piel contra piel,
arañando su blanca carne,
mordiendo su cuello, sus pezones,
buscando sangre…
Recorre con la lengua su línea
media,
llegando a su miembro erecto,
buscando que gima,
que ponga los ojos en blanco,
que no pueda pensar en nada más
que en el placer.
“Es un juego muy divertido, este de tener a alguien en mis manos”.
Cuando parece que él no puede
más, lo cabalga,
buscando que su miembro entre más
y más adentro,
gimiendo de placer mientras le
desgarra el pecho.
Pequeñas perlas de sangre
aparecen en los arañazos
y ella las lame,
en profundo éxtasis,
sin parar de bajar y subir,
gozando lo inimaginable.
“Mi pequeño vicio, la sangre de desconocidos”.
Siguen,
aumentando la velocidad,
la intensidad,
hasta que ya no pueden más y todo
desemboca
en un clímax de temblores,
jadeos, gemidos y placer.
Al acabar se separan y él
suspira, seguramente sin acabar de creerse del todo lo que acaba de pasar.
Ella sonríe con una pizca de
empatía –si es que acaso alguna vez supo lo que eso era- y le besa la frente.
“Buen chico” susurra, acariciándole la cabeza.
Y se pone su ropa, sin prisa, y
allí lo deja.
“No dejar que otros jueguen con un objeto cuando tú no volverás a
hacerlo
es un auténtico desperdicio”.
La noche la insta a introducirse de
nuevo en ella, a gozar en deliciosa soledad sus últimos momentos antes de que
dé paso al día.
Se dirige a ninguna parte, y
acaba en la playa,
desierta.
Ve como la noche es sometida por
el día
en su juego de dominación y
sumisión alternante del que nunca se cansan.
Inspira profundamente,
dejando que el salitre y el frío
inunden sus pulmones.
“Noche divertida. Algún día me cansaré de estos
juegos…
Pero hasta entonces, a ver qué nos depara este nuevo día.”

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