sábado, 11 de enero de 2014

Etiología desconocida.

Palabras que queman esta malherida garganta.
De tanto apretar los dientes voy a rompérmelos algún día.

Lo que te mantiene despierto
no siempre es agradable.
El frío que siento
no es solamente somático.

A veces,
algo insignificante prende la chispa
sin que nos demos cuenta,
y toda la carga comienza a arder.

Y el odio,
como un veneno,
corre por tus venas,
reabriendo heridas,
martilleando tu cabeza.

Un odio que no sabes 
de donde viene siquiera.
Es igual. 
Exógeno o endógeno, 
fluye por tus vasos. 

Odio ver en otros los bucles que he visto en mí misma.
Porque sé cómo te sientes por dentro,
y lo odio.
Mucho.
Bucles que te estrangulan sin remedio.

Veneno en sangre...
No hay escapatoria.

La ración de odio que sea doble y con hiel, camarero.

Ojalá romper algo justo ahora.
El ruido ahogaría los pensamientos.
Porque la verdad duele,
nos hace libres
pero duele,
¿verdad?            
A quién quiero engañar... No sé si existe verdad alguna. 
Pero el dolor sí es real.

La parte de mí que se queda en la tinta me recordará 
los momentos que mi mente prefiere olvidar.
Hay cuerdas que quemar… Pero otras deben permanecer.

¿Y si lo que pasa es que empiezo a ver cosas que nunca antes vi tan claramente?

Asco, esa es la palabra.
Asco,
repugnancia,
rechazo,
rabia.
En cantidades industriales infectan mi tembloroso cuerpo.
  
Luz no absorbida cuyo reflejo desorienta y ciega.
A la luz del día atacan los peores monstruos: 
los que no te esperas.
Porque crecemos temiendo a la noche, 
pero nunca nos muestran los horrores del día.

Sé que acabaré fracasando también.

Como un rey acorralado
alargando una partida que acabará en jaque mate.
Postergando lo inevitable.
Quizá acabe autodestruyéndome
como los mensajes de las películas americanas.

Enemigos invisibles,
los peores enemigos.


Quizá mi peor enemigo reside en el interior de mi cabeza.


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