Mírame, vamos, mírame,
no tengas miedo a lo que en mis ojos puedas ver.
¿Qué hay que temer?
¿Tu reflejo en mi brillante pupila, tal vez?
Hueles a miedo, querida.
Tranquila.
Por suerte, no quiero nada de ti.
Nada de ti necesito, al fin y al cabo.
Adelante, abre los ojos.
No tengo intención de atravesártelos con punzantes y
oxidados hierros…
Sólo lo haré con algo más dolorosamente afilado.
Mira tu reflejo.
Abre los ojos a la verdad.

No hay comentarios:
Publicar un comentario