Círculos de colores en la palma de mi mano. La vivicidad de
sus colores contrasta con la palidez de mi piel… y contrasta, también, con los
mortecinos tonos de mi entorno.
Suprimamos las ataduras a este mundo. El córtex cerebral puede
fabricarnos una realidad diferente y no por ello menos real… Si algo tengo
claro a estas alturas es que no existe una única realidad.
Aprovechémoslo.
Tachadnos de locos, adelante. Llamadlo locura. Yo lo llamo
liberación.
La cárcel de los sentidos es débil ya. Un nuevo mundo se
abre ante mí, tentándome a entrar.
No sé si podré salir, si podré regresar… Pero, sinceramente,
qué más dará.
No sé si desearía regresar a vuestro decrépito mundo de
aletargados monstruos esperando a la muerte con achaques de la vejez y vuestra
situación de ataraxia.
Me provocáis repulsión.
Bueno, tomemos otra.
Jugueteo con las pastillitas entre mis falanges huesudas.
Chispas en mi cerebro que huelen a hierba recién cortada.
Esto es más divertido que escuchar vuestras anodinas
conversaciones, vuestra espera a la muerte, inmóviles y sin aprovechar la
esencia vital de la que disponéis.
Amplitud del campo de
conciencia, ven a mí.
···
Mientras estoy aquí casi puedo oírla. Su voz penetrante y
aguda, aunque ya anciana y algo temblorosa, retumba en mis tímpanos, hace
vibrar mi martillo, yunque y estribo. Puedo percibir en su tono la decepción…
Decepcionada por mí, por ver la persona en la que me he convertido.
Dios está decepcionado.
Y ese Dios…
¿acaso existe?
¿acaso me importa?
¿acaso le importo yo?
La voz se calla… pero puedo sentir esa mirada desaprobatoria
sobre mi espalda… Esa mirada que me da exactamente lo mismo sentir, aunque se
clave como miles de gélidas y afiladas cuchillas sobre mi piel.
Y es que hace tiempo ya que escapé de todo eso.
Hace tiempo ya que sé que no te importo, Milord.
Nunca te importé.
···
Los mecanismos serotoninérgicos trabajan a plena potencia.
Ponen vibrantes colores y lúcidas figuras donde no los había hace unos
instantes.
Flores que suenan como un nocturno de piano, luces que huelen
a lavanda.
Ya era hora.
Curioso que yo, precisamente yo, esté, según algunas
culturas, más cerca de lo divino que otros.
Esas culturas que usaban estas drogas para poder tener
vivencias místicas y religiosas, me considerarían alguien digno de respeto por
ello...
Curioso.
Vaya, es la última que me queda. Suerte que esto no causa
adicción… Mi profesión puede no tener muchas ventajas. Pero al menos tengo el
dudoso privilegio de que no metan mierda a los compuestos que yo decido
consumir.
Gracias, Hofmann.
Gracias por tu dietilamida de ácido lisérgico. Sin ella, esta
transición sería más complicada y lenta.
Tu LSD cura mi atormentada alma… o, al menos, amplía tanto
el campo que impide que me concentre en la maloliente pocilga en la que se ha
convertido este mundo.
Parece ser que sólo contigo podré lograr percibir una
realidad satisfactoria.
Sólo contigo, querida lisérgida.
Sólo prescindiendo de los estímulos externos se pueden
fabricar otros nuevos y presumiblemente mejores.
Alucinemos.
Alucinemos.
Una hierba, un hongo, una sustancia como esta. Qué más dará.
Esto lleva inventado ya siglos… No soy la primera persona que lo hace. Tampoco seré
la última.
Alucinar para no volverse obsesivo.
Alucinar para no acabar
paranoico.
¿A
qué esperas?
Alucinemos.
···
Y tú, oh, Señor, ¿qué
miras?
Sé que no me
abandonaste.
Sencillamente nunca estuviste
para mí.
Dudo que alguna vez
estuvieses para alguien.
Por suerte,
nunca estuviste para mí.

No hay comentarios:
Publicar un comentario